Espero que me podáis disculpar, queridos lectores, pero hoy no voy a hablar de cine, ya que me me veo moralmente obligado a realizar una serie de reflexiones sobre la situación actual de la televisión y el fútbol en España (aunque me puedan llover piedras por alguno de estos comentarios).
Supongo que todos os habréis enterado de las trágicas muertes sucedidas hace pocos días: la actriz Emma Penella, el escritor Francisco Umbral y el futbolista Antonio Puerta. Jamás he seguido el fútbol, es más, no sigo ningún deporte, aunque me gusten el baloncesto y el badminton (eso sí, nunca los juego, lo admito), por lo que sólo lo conocía de oídas. No sé si era un gran futbolista, ni si podía ser un elemento importante de nuestra selección (digo nuestra, pero yo no me identifico lo más mínimo con ella, soy apátrida como pocos), pero lo que está claro es cómo lo prefieren los programas de televisión: muerto, o, mejor dicho, fiambre, porque así ellos pueden sacar tajada. Todos los canales se han lanzado a emitir resúmenes sobre su vida, y un poco sobre su trayectoria futbolística. Contraprogramación en el canal estatal, nuestra televisión pública, práctica prohibida a no ser que tenga un motivo de gran importancia (como una catástrofe de grandes proporciones). Ahora toca preguntarse si es éste un suceso tan relevante. Evidentemente, no. Es triste, sí, como la muerte de cualquier persona, y se ha perdido a un gran futbolista, pero tampoco es una catástrofe nacional. Pero no se preocupen, que La Primera no va a tener absolutamente ningún problema con la comisión. Ya han contraprogramado muchas otra veces sin excusa alguna, así que menos problemas van a tener ahora que una muerte les sirve de motivo. Eso sí, a la muerte del gran escritor Francisco Umbral sólo le dedican unos pocos minutos en el informativo, a la de Emma Penella menos aún, y siempre tras comentar primero todo sobre Puerta. Sobre el futbolista emiten ese especial contraprogramado, y a la veterana actriz la recuerdan este sábado con una película por La 2. Al gran escritor sólo le reservan un espacio casi de madrugada para reponer una entrevista suya vista hasta la saciedad. Ha muerto anciano y no era una estrella de los medios, así que poco importa. Emma Penella tampoco movía grandes masas, pero, como se hizo un poco popular gracias a 'Aquí no hay quien viva', le dedican una película. Pero Puerta ha muerto del mejor modo para los buitres de la tele: joven, con gran popularidad y muchos admiradores y dejando a una viuda con un hijo en camino. ¿Qué más se puede pedir? Ah, sí, que se podría decir que ha muerto en directo, desmayándose en medio del campo, mejor aún. Demasiados detalles de prensa amarilla para desaprovecharlos. Los programas muestran la muerte del futbolista como un gran desastre nacional. Imágenes de la viuda, continuas frases recordando que el hijo nunca conocerá a su padre, muestras de familiares llorando, etc. Manipulación pura y dura. Sólo buscan la lágrima del telespectador, aunque éste nunca hubiera oído hablar del deportista. La televisión se ha convertido en un nido de verdaderos buitres. Repugnante.
Tras esta reflexión sobre nuestra caja tonta, también me gustaría hablar sobre el fútbol, ese deporte que ha dejado de ser tal para convertirse en un espectáculo que mueve miles y miles de millones. Las pasiones que despierta el fútbol nunca me han resultado comprensibles. Gente que entra en una increíble euforia cuando su equipo gana un título, incluso algunos se encuentran fuera de sí en tales momentos, realizando destrozos en todo tipo de mobiliario, urbano o no. Gente que adora a un equipo que al final no es más que un símbolo, que muchas veces ni siquiera es el de su propia ciudad. El presidente cambia, el entrenador (y por tanto el estilo de juego) también, los jugadores lo hacen continuamente. Está claro que no es por un estilo o una persona que se mantenga en un equipo. Son fans de un símbolo, un escudo, un emblema. Rara vez siguen un estilo, una tendencia, unos valores. Quizás me falte pasión para entender algo así y sea una persona demasiado cerebral, que no se entrega a nada sin un motivo bien analizado. Muchas veces se ha tildado al fútbol de ser el opio del pueblo, y creo que para alguna gente es en cierto modo así, y durante la dictadura se promocionó con ese objetivo. Por eso en numerosas ocasiones siento envidia de esas personas que lo viven con tanta pasión, ya que el opio ayuda a sobrellevar los problemas, aunque puede ser contraproducente en muchas ocasiones.
Tras esta reflexión sobre nuestra caja tonta, también me gustaría hablar sobre el fútbol, ese deporte que ha dejado de ser tal para convertirse en un espectáculo que mueve miles y miles de millones. Las pasiones que despierta el fútbol nunca me han resultado comprensibles. Gente que entra en una increíble euforia cuando su equipo gana un título, incluso algunos se encuentran fuera de sí en tales momentos, realizando destrozos en todo tipo de mobiliario, urbano o no. Gente que adora a un equipo que al final no es más que un símbolo, que muchas veces ni siquiera es el de su propia ciudad. El presidente cambia, el entrenador (y por tanto el estilo de juego) también, los jugadores lo hacen continuamente. Está claro que no es por un estilo o una persona que se mantenga en un equipo. Son fans de un símbolo, un escudo, un emblema. Rara vez siguen un estilo, una tendencia, unos valores. Quizás me falte pasión para entender algo así y sea una persona demasiado cerebral, que no se entrega a nada sin un motivo bien analizado. Muchas veces se ha tildado al fútbol de ser el opio del pueblo, y creo que para alguna gente es en cierto modo así, y durante la dictadura se promocionó con ese objetivo. Por eso en numerosas ocasiones siento envidia de esas personas que lo viven con tanta pasión, ya que el opio ayuda a sobrellevar los problemas, aunque puede ser contraproducente en muchas ocasiones.